Correr para salvarte

Actualizado: 14 de feb de 2019

Por Jocelyne Flores


Siempre que escuchas una historia sobre cómo alguien logro correr un maratón escuchas el discurso inspirador sobre el compromiso con los entrenamientos, la alimentación especial, sobre las reuniones con tus amigos que te perdiste o la increíble sensación de cruzar la meta, sin importar tu tiempo; pero yo, yo solo corrí el maratón para salvarme.


Un año antes de correr el maratón jamás había corrido ni para jugar a “las trais” pero, por todas las razones incorrectas en la vida, estaba en una relación codependiente, de esas que ves en la tele, pero que juras que no es tu historia. En medio de la codependencia y también del exceso de alcohol, con lo que quedaba de cordura en mí, sugerí que buscáramos otro pasatiempo, que hiciéramos algo completamente distinto a nuestra rutina de beber y salir. Correr era algo que yo odiaba, pero fue lo único que logró convencerlo. Decidimos correr 10k, nos levantábamos un par de días a la semana para correr a las 6am y la carrera llegó mucho más fácil de lo que hubiera esperado, corrí mis primeros 10k en La Carrera Rosa, en mayo de ese año. Lo había hecho, me esforcé en el entrenamiento y ahora teníamos un pasatiempo distinto, pero él decidió que no era suficiente, que debíamos correr 21k, y ¿cómo podía decirle que no si yo era la que lo había convencido de meternos en eso?


Él se inscribió en la carrera y yo dije que la correría hasta donde pudiera, sin inscribirme, en parte como otra manifestación de mi miedo al compromiso y tal vez porque nunca creí que él y yo fuéramos a durar tanto. Comenzamos a entrenar seriamente, corríamos 4 o 5 veces por semana, nos levantábamos a las 7 de la mañana los domingos, seguíamos la dieta recomendada, dejamos de fumar todos los días e íbamos de compras a Under Armour los fines de semana.


Durante los entrenamientos rara vez corríamos uno al lado del otro, el siempre corría más rápido que yo y siempre me exigía mas, y me tomo un mes darme cuenta de qué era lo que me seguía motivando, era competitiva, quería ganarle y correr más, aguantar más, no dejarlo que me pasara, de alguna forma quería darle en el orgullo.

Yo no estaba inscrita en la carrera así que ese día le dije: “te sigo hasta donde aguante” … y aguanté. Iba muy por delante los primeros 12 kilómetros, que era lo que pensaba correr o tal vez unos 15 kilómetros antes de rendirme y en eso, me rebasó, me pasó por un lado y yo me enloquecí sin darme cuenta, corrí sin pensarlo más, corrí hasta el final. No lo alcancé nunca, pero corrí en menos de dos horas, fue entonces cuando decidí que correríamos un maratón.



Lo propusimos mientras comíamos la primera hamburguesa después de varios meses de dietas y decidimos correr el maratón de Lima. Fue entonces cuando todo cambió, me levantaba cuatro veces a la semana para entrenar sola, no fallaba jamás a la dieta, al calendario de entrenamiento ni a mis horas de sueño. Y un día me di cuenta de que ya no era la competencia lo que me motivaba, las horas que pasaba corriendo me estaba “terapeando”, correr era ese momento que en años no me di, ese momento de estar aislada y sin distracciones, de tener un dialogo conmigo aunque no lo quisiera, de volver a pensar en porque seguía en una relación que no me daba nada y me quitaba todo… a pesar de que la terapeuta ya nos había dado de alta. Pasaba dos kilómetros del entrenamiento repasando porque me había hecho enojar esta vez, después hacia una lista de sus defectos, después fantaseba con engañarlo y después de todo, de liberar todo mi coraje y darme cuenta de que aún me faltaban 15 kilómetros por recorrer, me sorprendía a mí misma pensando qué quería de la vida, responsabilizándome de mis decisiones, analizando qué era lo que pensaba que merecía y por qué no era lo suficientemente fuerte.

La mañana en Lima era espectacular para correr, el clima era perfecto, y aunque estaba develada por haber pasado la noche discutiendo, la emoción no podía ser más grande, tantos meses de esfuerzo, de entregar todo, tanta incertidumbre al pensar si lo lograras o no…


Corrí, corrí más ligera que nunca en la vida, con la mente clara, con la vida de frente, disfrutando la vibra de la gente y abrazando el amanecer en lima. Él y yo nos cruzamos en el camellón del que era para mí el kilómetro 32, él llevaba la delantera, lo salude con un brazo y le grite, ¡Gracias!


Llegué a la meta en 4horas, 5 minutos y 26 segundos, cumplí 27 años al día siguiente, regresamos a México y un día después, nos separamos. Con más paz de la que jamás sentí.

No he vuelto a correr un maratón, pero salgo a correr 10k obligatoriamente una vez por semana, porque mis demonios ahora son mucho más pequeños.



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