Esta y otras manías

Actualizado: 24 de jun de 2019

Cuando haces un voluntariado humanitario por primera vez, te encuentras ante la encrucijada de tener que mediar tu frivolidad, en acciones que hubieras pasado por alto normalmente y sobre algunas opiniones. Aunque el cinismo y el sarcasmo, así como el humor negro son bien recibidos, es cierto que pequeñas manías que desconocías de ti mismo van saliendo a la luz de formas descontroladas y por las cuales terminas juzgándote tu aún más que el resto.



La primera vez que llegue al proyecto en la mitad de África, sobrevolando en una avioneta de 10 pasajeros lo que no podía parecer otra cosa más que una maqueta de bajo presupuesto, yo estaba eufórica, quería absorber todo. Los pequeños Tukuls tan típicos del África que conocemos por la televisión, la aridez de la tierra infértil, las enormes filas de personas afuera del hospital, todo era tal como lo imaginaba. Llegué llena de energía y trabajé todo el día, tuve mi charla sobre la seguridad… “aun esta minado en los alrededores del campamento por lo que estaba prohibido salir en tal dirección. El bunker está ubicado en tal sitio, si te indicamos entrar entra sin regresarte a recuperar nada. Ten cuidado con las serpientes y los escorpiones. No olvides la profilaxis para la malaria…” Todo conforme a itinerario.

Yo tenía aspecto de novata, aun me bañaba dos o tres veces por día, mis playeras estaban impecables, no tenía ninguna anécdota sobre haber contraído malaria, me maquillaba todas las mañanas y arreglaba mi cabello.

Pero después del trabajo de ese día, llegando a mi Tukul me di cuenta de mi primera manía. No había espejo, ningún espejo en ningún lado, ni en el Tukul, ni en el baño común, ni en el hospital, no había un solo espejo. Nunca en mi vida había estado en un lugar sin un espejo, y me costaba trabajo entender qué era lo que me molestaba tanto. La mañana siguiente me maquillé con ayuda de mi teléfono y tuve que asumir todo el día como me veía. Existe una culpa terrible que se va generando cuando te encuentras a ti misma ansiosa todo el día por no poder verte en medio de los ojos, cuando estas ayudando a llevar de un lado a otro bolsas para cuerpos, sin embargo, es innegable.

Soy una persona de rutinas, me baño en el mismo orden todo el tiempo, me arreglo con la exacta misma secuencia. Después de un baño, primero cepillo mi cabello, después uso cotonetes, después aplico desodorante, después un suero facial y por ultimo crema hidratante en todo el cuerpo.

Parada en el baño común, entre cuatro paredes improvisadas de madera, atenta a las serpientes en el piso, me di cuenta de un paso más de mi rutina, uno que yo jamás supe que tenía hasta ese momento. Siempre me he puesto crema en el cuerpo con los ojos cerrados, casi apretados, esforzándome por terminar lo más pronto posible. Pero es día, atenta a las serpientes, no cerré los ojos, y me pareció extraño, como si jamás hubiera sido consciente de que lo hacía y de repente fuera completamente evidente el hecho de que aquí no tendría que cerrar los ojos, no por las serpientes, sino porque no había ningún espejo frente a mí. Esta y otras anormalidades de mi comportamiento con referencia a mi aspecto parecían estarse esclareciendo en África. Un lugar donde te rodeas de gente juzgando las cosas correctas, donde jamás quieres ser el “expat” que no puede vivir sin la contraseña de wifi, donde la vanidad es un desperdicio de energía, donde nadie habla de marcas de teléfono, donde no se sabe que música suena “hoy en día” y tener ropa suficiente que ponerte es ya un lujo.



Seis meses después, mi cabello siempre estaba limpio, pero jamás peinado, no tenía una sola gota de maquillaje, y me paseaba desnuda por mi cuarto sin espejos, poniéndome crema rápido, antes de empezar a sudar en el verano africano. Ya no uso maquillaje y jamás cargo con mi cosmetiquera, pero sé perfectamente que aún me falta quererme un poquito más.

Por Jocelyne Flores

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