Intempestivos

Actualizado: 24 de jun de 2019

Vienen. Van. Aparecen con previo aviso o intempestivamente. Con el aparente peligro de acostumbrarte a ellos aún a sabiendas de que su estadía será meramente temporal.

El estar aquí, en este vivir, es experimentar una fascinante montaña rusa, que nos lleva de arriba a abajo, que nos revuelve, nos hace gritar de miedo, nos provoca, por un momento, sentir la pérdida total del control. Pero también nos hace sentir el revolotear de las mariposas, nos hace experimentar un incomparable efecto de ser todo poderosos, nos da la esperanza de saber que todo pasa y no pasa nada. Entonces, cuando entiendes que no hay nada seguro, que lo único que tienes en tus manos es el momento presente, dejarte llevar por aquello intempestivo es la mejor alternativa. Tirarte sin paracaídas puede llenarte los vacíos, inyectarte una buena dosis de adrenalina y sí, con suerte, reconectarte a la vida, traerte de vuelta al mundo pero sobre todo de vuelta a ti.


Porque pese al color de alerta que emana su presencia, lo cierto es que su llegada ha sido en el momento preciso. Mantenerte a salvo, mientras atraviesas el caudal del río, es su misión. Justo como una tabla de salvación que requerías para no hundirte.

Te dopan las sensaciones. Te transforman el panorama, exacerbándote los sentidos. Tu perspectiva de la realidad se distorsiona, ¡peligra!, porque incluso, algunos, tienen la poderosa capacidad de desajustarte la brújula.


Por eso, y solo entonces, perder por un momento la brújula interior es ganar, es despojarte de aquella falsa seguridad para sumergirte en aguas desconocidas y poco controlables y sí, siempre existe el riesgo de salir revolcado de esas aguas, pero, ¿qué más da? lo peor que puede pasar es que te lleve más tiempo recuperarte, sacudirte el remanente, sin embargo una vez que lo intempestivo haya pasado quedará el recuerdo; todo aquello que sentiste, que descubriste y que gozaste durante su estadía será ahora una marca permanente de que tuviste el valor de sentir, de hacer, de vencer el miedo, que emergiste de lo profundo para ser una mejor versión de ti porque tienen el poder activo de hacerte recordar lo que hay en tus adentros y no, no es tanto por lo que la naturaleza de lo intempestivo es, es porque se convierten en un espejo, porque una de sus bondades es reflejar la luz y la sombra que habita en ti, no es lo que hay en frente, es lo que hay en ti.


Los intempestivos se manifiestan como llamarada de petate; se requiere una pequeña chispa para que ardan con facilidad. La llama crece rápida y vorazmente, el presentimiento de que pueden consumirte y devorar todo lo que hay a su paso siempre les acompaña, te envuelven, te maravilla su luz, te atrapan y una vez que te descubres dando vueltas en la espiral del torbellino es momento de aguardar al descenso, ya no hay elección, comprendes que lo único que puedes hacer es rendirte, fluir, ceder la voluntad hasta que se apague.

Suelen ser efímeros pero muy reales, y aún, a sabiendas de que algún día pasará, que algún día solo serán parte de tu historia, decidir abrazarles con toda tu fuerza sigue siendo la mejor opción, porque te salvan, te ayudan a transitar el momento, a volver a ti.

Total, ¿qué más da?, qué más da perder aquella falsa seguridad, aquella ilusoria estabilidad, porque las abuelas lo decían: “lo único seguro en esta vida es la muerte”, pero vaya que los avances tecnológicos, ahora, ponen en duda esa seguridad, probablemente en unos años la muerte sea cosa del pasado; el punto es que lo único seguro es el momento presente.


Lo intempestivo no es un problema, el problema es la significación y la actitud que tú pones a esa circunstancia. Abrázale, quédate con todo lo bueno y luego, déjale ir.


por Liz Servin


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